miércoles, 17 de septiembre de 2014

El pavo triste



La tarde divina, sol infinito y el cielo azul oscuro. Frio a medias y la sensación de impotencia que me invade lentamente, como un toque mágico que me llenaba de recuerdos de el.
El pavo triste, se llamaba Lorenzo, estaba sentado encima de una placa de 1909 publicada por Vogue en la calle 24 de Nueva york. Lorenzo decía, época de los grandes desafíos de moda con los del otro lado del mundo (sobretodo con Francia), pero que nada superaba Nueva York  con la nueva silueta de la mujer, el abandono de corsé como una prenda indispensable de las mujeres de moda. Enormes, sombreros fueron usados ​​a mediados de la década, adornado con gigantes plumas –algunas parecidas a las mías, decía- eso le aterrorizaba pero al segundo se calmaba, en otras ocasiones veo pájaros disecados pero solo ocasionalmente, ¡menos mal! Y como de costumbre decorados con cintas y flores artificiales.

Cae la noche y Lorenzo ya viejo y cansado así el diga que sus plumas llenas de colores y brillantes lo hacen ver joven pero físicamente agotado, mas sin embargo sigue en su placa solo se mueve de ahí cuando quiero tomar agua o comer y claramente yo de esas tantas veces que a el le da hambre le llevaba uno que otro gusanito; le gustaban medio gorditos y que que tuvieran un aspecto baboso, decía que entre mas babosos mas exquisitos, lo que para mi resulta ser asqueroso.

Lorenzo seguía apreciando cada silueta, era lo que mas amaba hacer y yo era feliz escuchando cada apreciación hacia la mujer, me encantaba reír con el, mirarlo de cerca y ver sus ojitos que brillaban cuando pasaba un vestido largo con mucho movimiento. Cada vez que pienso en el sonrió, aunque ni yo me lo creo me enamore de Lorenzo, los días lluviosos pero para mi soleados junto a el y ahora que no esta solo vivo recordando la dulzura de sus ojos, su ironía, su soberbia y la impotencia que me llena lentamente y poco a poco me mata para encontrarnos…



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