La tarde divina, sol infinito y el
cielo azul oscuro. Frio a medias y la sensación de impotencia que me invade
lentamente, como un toque mágico que me llenaba de recuerdos de el.
El pavo triste, se llamaba Lorenzo,
estaba sentado encima de una placa de 1909 publicada por Vogue en la calle 24
de Nueva york. Lorenzo decía, época de los grandes desafíos de moda con los del
otro lado del mundo (sobretodo con Francia), pero que nada superaba Nueva York con la nueva silueta de la mujer, el abandono
de corsé como una prenda indispensable de las mujeres de moda. Enormes,
sombreros fueron usados a mediados de la década, adornado con gigantes plumas
–algunas parecidas a las mías, decía- eso le aterrorizaba pero al segundo se
calmaba, en otras ocasiones veo pájaros disecados pero solo ocasionalmente, ¡menos
mal! Y como de costumbre decorados con cintas y flores artificiales.
Cae la noche y Lorenzo ya viejo y
cansado así el diga que sus plumas llenas de colores y brillantes lo hacen ver
joven pero físicamente agotado, mas sin embargo sigue en su placa solo se mueve
de ahí cuando quiero tomar agua o comer y claramente yo de esas tantas veces
que a el le da hambre le llevaba uno que otro gusanito; le gustaban medio
gorditos y que que tuvieran un aspecto baboso, decía que entre mas babosos mas
exquisitos, lo que para mi resulta ser asqueroso.
Lorenzo seguía apreciando cada
silueta, era lo que mas amaba hacer y yo era feliz escuchando cada apreciación
hacia la mujer, me encantaba reír con el, mirarlo de cerca y ver sus ojitos que
brillaban cuando pasaba un vestido largo con mucho movimiento. Cada vez que
pienso en el sonrió, aunque ni yo me lo creo me enamore de Lorenzo, los días
lluviosos pero para mi soleados junto a el y ahora que no esta solo vivo
recordando la dulzura de sus ojos, su ironía, su soberbia y la impotencia que
me llena lentamente y poco a poco me mata para encontrarnos…

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